Artículo de la Revista Telva para el Restaurante de comida mediterranea fusión Lúbora Madrid

Telva

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Por qué volveré a Lúbora

1. El ceviche, 2. El jazz, 3. Las carrilleras, 4. La vajilla, 5. La ensaladilla…

Pues porque Raúl Harillo, la mitad de este bistrot madrileño en General Moscardó 39, aprendió lo más importante en -tomen nota-; «El Chaflán», «Pedro Larumbe»,»Goizeko Kabi» y «Diverxo». Entre otras cosas, que la calidad de la materia prima, el mimo en la elaboración y la presentación primorosa, no están reñidos con la experiencia millennial -paradójicamente, idílica y espontánea-. En este restaurante perruno, la estética instagramer -sólo lleva un par de meses abierto pero es de lo más fotografiable- no desvía la atención, aquí se viene a comer y a comer muy bien. No se despisten.

Me produce especial satisfacción encontrar el plato de la carta por el que volvería a un restaurante. Cuanto más difícil resulta la tarea, más disfruto.

En Lúbora la decisión es harto complicada. Hay platos sencillos, sin pretensiones, que contra todo pronóstico se convierten en un auténtico lujo.

Me imagino sola en la barra con media ración de ensaladilla rusa con ventresca y mojama de atún -la niña bonita de este mediterráneo bistrot-, catando el ceviche de gambón con sisho sobre pan crujiente de gambas -sin lugar a dudas, este es el plato del que os hablaba- o mojando pan en la cazuelita de carrilleras de cordero lechal al curry verde con arroz -con este otro me hicieron dudar-. Oye, como una marquesa, sin espumas ni pamplinas.

¿Pequeños placeres? Enrollar el carpaccio de buey, trufa y queso viejo con lima, saborear la piel tostada de la sama y untar el pescado de roca en la crema de guisantes, o hacer un revoltijo con sus berberechos y las puntas de espárrago verde.

Todo estaba tan bueno que Raúl Harillo y José Carlos Ruiz casi me convencen con las orejitas de cochinillo confitadas y crujientes con chimichurri y los callos a la madrileña -picantitos y con mucho morro-. Ojo que ahora la casquería es chic y estos manjares son el nuevo tartar de atún rojo de almadraba y la burrata -en Lúbora también tienen, con tobiko y kimchinesa, el primero, y porra de Antequera, salchichón ibérico y pipas de calabaza, la segunda-.

Me quedé con ganas de probar el Desierto de foie, la coca de sardina -qué pintón- y el tataki de atún rojo con cous-cous. Pero no renuncié al postre, la Cañita de cerveza negra es uno de los postres trampa más sensacionales que haya probado.

Por cierto, en Lúbora se escucha Jazz, tienen una colección de plantas tropicales, una cuidada carta de vinos, que recorre toda la geografía española y una vajilla sencillamente maravillosa.

Vayan, vayan antes de que sea imposible reservar mesa.

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